Más allá del balón: el reto de México, EE. UU. y Canadá en seguridad

8 de septiembre de 2025

Autora: María Covarrubias Fosado

La organización del Mundial de la FIFA 2026 con México, Estados Unidos y Canadá como anfitriones, plantea un escenario sin precedentes en materia de seguridad. Se trata del primer Mundial con sede en tres países, lo que implica coordinar protocolos, infraestructuras y narrativas en un entorno marcado por violencia transnacional, migración irregular, riesgos cibernéticos, por mencionar algunos. La FIFA espera que 6.5 millones de personas asistan en persona al torneo que se realizará del 11 de junio al 19 de julio de 2026. La organización, logística y acción de eventos deportivos, al igual que eventos a gran escala, requieren enfoques integrales, donde la cooperación juega un papel principal.

No se trata únicamente de proteger estadios o aeropuertos, sino de gestionar riesgos transnacionales que incluyen terrorismo, crimen organizado, ciberataques y fenómenos de violencia social. La OEA, a través del Comité Interamericano contra el Terrorismo (CICTE), señaló que los grandes eventos deportivos requieren estrategias integrales y multilaterales para garantizar su éxito.

Un Mundial conlleva responsabilidades que trascienden lo deportivo. Además de respetar la vida cotidiana de las comunidades anfitrionas, es indispensable prever la seguridad de aficionados, jugadores, equipos técnicos, medios de comunicación y voluntarios. México, Estados Unidos y Canadá enfrentan una tarea monumental que no se limita al mes en que se dispute el torneo, sino que abarca toda la etapa previa, con la preparación de infraestructura, protocolos de emergencia y coordinación institucional, y la fase posterior, donde se deben garantizar legados duraderos en materia de seguridad, confianza ciudadana y capacidad organizativa.

El marco propuesto por la OEA enfatiza un enfoque integral de seguridad, basado en el modelo SIPOC, que divide las responsabilidades en seis pilares: Proveedores (Suppliers), Entradas (Inputs), Procesos (Process), Salidas (Outputs) y Clientes (Customers). Aplicado al Mundial, este modelo implica que México, Estados Unidos y Canadá deben coordinarse más allá de lo simbólico, estableciendo roles claros en la vigilancia fronteriza, en la protección de flujos turísticos y en la cooperación de inteligencia. Ante la agenda de seguridad actual y las tensiones en las relaciones bilaterales de Estados Unidos con Canadá y México, resuena si esta coordinación será genuina o se aprovechará con fines políticos vinculados a migración, comercio o el combate al crimen organizado.

La seguridad en espacios concurridos, particularmente en estadios, aeropuertos, hoteles y zonas urbanas con alta densidad de turistas. Para México, esto representa un reto mayor en sedes como Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara, donde confluyen altos índices de violencia urbana con la necesidad de proyectar una imagen de hospitalidad. Los riesgos asociados van desde robos y extorsiones hasta ciberataques contra sistemas de boletaje. El desafío es cumplir con estándares internacionales de seguridad sin dejar de lado la percepción de confianza para el visitante.

Otro elemento central es la prevención del extremismo violento. El programa de la OEA identifica siete áreas prioritarias: gobernanza, prevención de conflictos, participación comunitaria, empoderamiento juvenil, igualdad de género, educación y comunicación estratégica. Estos factores son especialmente relevantes en la relación México–Estados Unidos, donde las amenazas adoptan formas distintas: supremacismo blanco y terrorismo doméstico en EE. UU., frente a violencia criminal y grupos armados ligados al narcotráfico en México. El Mundial puede convertirse en un laboratorio binacional para aplicar políticas de resiliencia social que ataquen estas raíces.

El rol de los jóvenes y las mujeres ocupa un lugar central en la estrategia internacional de seguridad en grandes eventos. La OEA subraya cómo el deporte puede convertirse en herramienta para desafiar estereotipos, fomentar masculinidades no violentas y promover liderazgos juveniles. Para México, esto significa diseñar programas de inclusión que aprovechen el Mundial como plataforma de prevención social, más allá de la contención policiaca. Vincular a jóvenes en riesgo o a comunidades marginadas en proyectos deportivos puede contribuir a disminuir la vulnerabilidad frente a redes criminales.

Un componente clave será la articulación de alianzas público–privadas. La OEA insiste en la necesidad de involucrar al sector privado como aerolíneas, hotelería, federaciones deportivas, empresas tecnológicas, como actores centrales de la seguridad. En el caso mexicano, esto abre un debate sobre la confianza en las instituciones: ¿puede generarse un marco de colaboración que asegure transparencia y evite riesgos de corrupción? Empresas de boletaje digital, telecomunicaciones y seguridad privada jugarán un rol estratégico en la protección de infraestructuras críticas.

La narrativa pública también será fundamental. La campaña #MoreThanAGame, promovida por la OEA durante el Mundial de Qatar 2022, mostró cómo la comunicación estratégica puede proyectar seguridad como valor compartido. México y Estados Unidos podrían replicar una estrategia conjunta que no solo disuada amenazas, sino que promueva la cooperación binacional como herramienta de confianza mutua. En un contexto de tensiones políticas por migración y comercio, este tipo de diplomacia pública puede ser un contrapeso positivo.

El legado del Mundial no debe limitarse al evento. La OEA plantea que un gran torneo debe dejar capacidades sostenibles: infraestructura modernizada, protocolos permanentes y cuerpos especializados. Para México, esto significa fortalecer a la Guardia Nacional, a las policías turísticas y a sus capacidades de ciberseguridad e inteligencia financiera. Para Estados Unidos, puede traducirse en consolidar su cooperación en seguridad regional. Estás acciones serán blanco de críticas sobre si es un avance en capacidades o, por el contrario, una justificación para ampliar la militarización y el control fronterizo.

El Mundial de 2026 representa un doble desafío, evitar que el evento se convierta en blanco de amenazas y, al mismo tiempo, aprovecharlo como catalizador de cooperación regional. Las recomendaciones de la OEA, junto con la experiencia institucional defensa e inteligencia, ofrecen un marco claro para pensar la seguridad de grandes eventos. La clave estará en si México, Estados Unidos y Canadá logran transformar la coyuntura en una oportunidad de legado positivo o si la reducen a un ejercicio reactivo condicionado por agendas políticas inmediatas.

Heraldo USA Lunes 8 de septiembre de 2025

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