La transición nuclear: el poder de construir y destruir
17 de septiembre de 2025
Autores: Santiago Del Castillo Velazco Arzubide
El resurgimiento del debate sobre la energía y el armamento nuclear refleja una tensión estructural entre desarrollo tecnológico, seguridad internacional y riesgos existenciales. En un contexto global marcado por la competencia entre grandes potencias, la energía nuclear ha vuelto a posicionarse como un recurso estratégico de doble uso: por un lado, como una fuente clave para la transición energética y la reducción de emisiones; por otro, como el fundamento de capacidades militares con un potencial destructivo sin precedentes. Esta dualidad coloca al poder nuclear en el centro de las discusiones contemporáneas sobre estabilidad global.
En términos energéticos, la energía nuclear se presenta como una alternativa viable frente a la crisis climática, al ofrecer generación eléctrica con bajas emisiones de carbono y alta eficiencia. Diversos países han retomado o ampliado sus programas nucleares civiles como parte de sus estrategias de descarbonización, buscando reducir su dependencia de combustibles fósiles y fortalecer su seguridad energética. Sin embargo, este impulso también reabre cuestionamientos sobre los costos, la gestión de residuos radiactivos y los riesgos asociados a accidentes, como los ocurridos en Chernóbil y Fukushima.
Paralelamente, la dimensión militar del poder nuclear continúa siendo un eje central de la seguridad internacional. La posesión de armas nucleares sigue operando bajo la lógica de la disuasión, donde la capacidad de destrucción masiva actúa como un mecanismo para evitar conflictos directos entre potencias. No obstante, esta estabilidad es inherentemente frágil. La modernización de arsenales, el desarrollo de nuevas tecnologías —como armas hipersónicas— y la erosión de acuerdos de control armamentista han incrementado la incertidumbre estratégica y el riesgo de escalada.
En este contexto, el régimen internacional de no proliferación enfrenta presiones crecientes. Instrumentos como el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) han sido fundamentales para limitar la expansión de armas nucleares, pero su efectividad se ve cuestionada por la persistencia de tensiones geopolíticas y por la percepción de desigualdad entre Estados poseedores y no poseedores. Casos como Corea del Norte o las ambigüedades en torno a Irán evidencian las limitaciones del sistema actual para contener nuevas proliferaciones.
Asimismo, la relación entre tecnología nuclear y poder político subraya profundas asimetrías en el sistema internacional. El acceso a capacidades nucleares —ya sea con fines civiles o militares— continúa concentrado en un número limitado de países, lo que refuerza jerarquías globales y condiciona la distribución del poder. En este sentido, el desarrollo nuclear no solo es una cuestión técnica, sino también una herramienta de influencia geopolítica y autonomía estratégica.
A pesar de los riesgos, el potencial de la energía nuclear como instrumento de desarrollo sigue siendo significativo, especialmente para países que buscan diversificar sus matrices energéticas y fortalecer su independencia. No obstante, este potencial solo puede materializarse plenamente bajo marcos regulatorios robustos, altos estándares de seguridad y mecanismos efectivos de cooperación internacional que reduzcan los riesgos de proliferación y accidentes.
En conjunto, el poder nuclear encapsula una de las paradojas más profundas del sistema internacional contemporáneo: la capacidad de construir soluciones para desafíos globales, como el cambio climático, y al mismo tiempo la posibilidad de desencadenar escenarios de destrucción masiva. Esta dualidad obliga a replantear los enfoques de gobernanza global, donde el equilibrio entre aprovechamiento tecnológico y control estratégico será determinante para la estabilidad futura.